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4 Meses en la Península Antártica

Mi rutina comenzaba a eso de las seis de la mañana, miraba por la ventana si estaba el pingüino de siempre.

Antártica

 

Pasado el primer mes, mi rutina comenzaba a eso de las seis de la mañana, miraba por la ventana si estaba el pingüino de siempre, trataba de identificar si era hembra o macho, si estaban sus huevos y si es que estaba algún cascarón roto. Después me dirigía a la cocina desde donde también podía vigilar a la misma pareja de pingüinos, esta vez en compañía del chef y así durante toda la temporada pudimos observar el proceso completo del nacimiento de los pingüinos Papúa, como también el momento de la llegada de depredadores que terminó con la vida de uno de los polluelos y luego durante los meses de febrero y marzo el desarrollo del pingüino sobreviviente que ya estaba más grande e independiente como para acercarse al mar. Existían centenares de pingüinos Papúa alrededor de toda la isla que de manera extraordinaria habían creado varios caminos para llegar desde el mar hasta sus nidos incluso algunos de ellos en la cima de las montañas, junto a estos y de manera estratégica las Skuas, los principales depredadores de los polluelos, también comenzaban a empollar. Los habitantes de la Isla abarcaban gran parte de la biodiversidad Antártica, desde una colonia de cormoranes de ojos azules, sitios de nidificaron de Petreles de Wilson, un par Petreles gigantes, varias palomas antárticas, gaviotas dominicanas junto a sus nidos, gaviotines, algunos rezagados pingüinos Barbijos y Adelia y una variada lista de animales acuáticos. La bahía Sur tiene desde 1987 unas cien hectáreas de Zonas Antárticas Especialmente Protegidas (ASPA), justo frente a la Base, lo que ha permitido por años la visita periódica y tan solo a un par de metros, de ballenas jorobadas, minkes y sei, focas leopardo, cangrejeras y lobos finos, además de un increíble mundo submarino de especial interés para varios de los grupos de científicos que llegan a Base Yelcho para sumergirse durante algunas semanas con el fin de investigar el Bentos o especies que habitan el ambiente subacuático.

 

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Una de mis cosas favoritas durante diciembre era poder ver el atardecer entre las montañas del cabo Herrara justo donde Isla Winke termina hacia el sur, luego de terminar las faenas del día podía pasar horas mirando el horizonte, y ver como un conjunto de luces y reflejos rojizos, púrpura y anaranjados se desplazaban por sobre el estrecho Bismarck hasta tocar las lenguas del glaciar de Isla Winke e Isla Doumer hasta llegar a una penumbra y comenzar un nuevo día sin haber tenido un solo momento de completa oscuridad, y sin mucho menos darnos cuenta de que ya era de madrugada.

 

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Como fotógrafo, era inevitable intentar retratarlo todo y sin dudarlo demasiado cada momento libre, sumado a las largas horas de luz nos permitía salir a explorar el vibrante mundo de los alrededores de nuestra Base. Contaba con lo esencial para fotografía de paisajes y fauna, un trípode con la posibilidad de convertirlo en monopode, un control remoto, varias tarjetas de memoria de poca capacidad pero alta velocidad de escritura, una par de baterías extra, un filtro polarizado y un filtro UV, un Teleobjetivo 200-500mm más un lente zoom 18-140 mm, sumado a un par de guantes de abrigo, gafas, bandanas, antiparras, snack, teléfono, la importantísima Radio VHF, un par de raquetas de nieve y la crucial compañía de algún motivado compañero. Todo esto era la receta perfecta para pasar largas horas en terreno capturando y aprendiendo de la vida salvaje de Isla Doumer.

 

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Luego de miles de fotografías desde el zarpe de Punta Arenas hasta las últimas semanas de febrero, mi cámara decidió dejar de funcionar por completo (ya en el continente y luego de su reparación sabría que el obturador había colapsado por una falla de fabrica) sin embargo fueron los registros de cientos de horas en la nieve disfrutando del privilegio de ser un trabajador antártico. Algunos momentos se han convertido en icónicas memorias de mi catalogo de vida salvaje, como varios retratos llenos de carisma, entre ellos pinguino de Adelia que me mira fijamente en Isla Biscoe mientras mantiene a sus crias o un grupo de estilizados pingüinos Papua en formación entre los surcos de la nieve , o también esos momentos de 1 en un millón de una foca leopardo en los primeros días de marzo comiendo una Notothenia (un tipo de pez antártico que solo compone el 4 % de su dieta ). Otros fueron imponentes paisajes difíciles de describir con palabras, pues son simplemente sublimes.

 

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Luego de fabricar cientos de panes, almuerzos, cenas y ayudar en la cocina por varios meses hasta la partida de los últimos científicos y cambiar de rol para luego apoyar en las faenas de construcción y de vez en cuando en navegación, sin dejar de lado las cientos de horas de exploración como fotógrafo. Finalmente el 25 de Marzo de aquel año, cuando ya el tiempo era muy inestable y la nieve se apoderaba nuevamente de la Base Yelcho, recibimos la llamada por radio de que el Buque Lautaro llegaría por nosotros para trasladarnos hasta Isla Rey Jorge donde nos embarcaríamos nuevamente en el Clásico Oscar Viel para regresar al puerto que habíamos dejado hace casi 4 meses antes. Con este llamado comenzábamos el cierre de nuestro veraniego hogar, que a la fecha había crecido notoriamente gracias al esfuerzo del equipo por el mejoramiento de la infraestructura. También las colonias de pingüinos habían aumentado con la llegada de los nuevos polluelos que ya estaban más grandes, con su pelaje definitivo y en condiciones de ingresar al mar, las focas leopardo se hacían mas recurrentes en la bahía ante el festín de nuevos pingüinos y todo alrededor parecía que estaba tomando rumbo a lo que sería el comienzo del invierno Antártico. Para marzo ya teníamos varias horas de oscuridad, y la meteorología era prácticamente impredecible. Nuestro tiempo en la isla terminaba para dar paso a la hibernación y regresar al continente sudamericano a la espera de otro verano antártico. Sin duda otra temporada exitosa para aquellos a quienes la Antártica se transforma en una pasión.

 

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Luego a fines de 2018 las oportunidades me permitieron estar 3 meses en el campamento de Union Glacier a 1000 kilómetros de polo sur y a fines de 2019 hasta abril de este año nuevamente regresar a la peninsula Antártica como logístico consolidado, claramente historias para las siguientes crónicas polares.

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